Su primer recuerdo de infancia es
el llanto de su madre. Un llanto recurrente, desconsolado, impotente, iracundo,
de una mujer que alguna vez amó ilusionada a un hombre el cual hoy solo le
significa sufrimiento.
Ese hombre es su padre, al menos
así dicen que se le llama a ese ejemplar masculino que te engendra y según
narran los mitos urbanos te cuida, ama y
cría, nada más lejano de su realidad.
Padre y Madre de Antonella, ambos
seres infelices, curtidos por los años, ahogados en la monotonía, cargados de
infinitos sueños marchitos, en cuyas miradas se mezcla el miedo, el
resentimiento y la tristeza.
Él oficinista de clase media, siguiendo
la tradición familiar. Desde muy joven empezó a trabajar en la empresa de donde
se jubiló su propio padre, la cual pertenece a una familia adinerada de Ciudad
de México. Siempre en el mismo cargo, siempre bajo las órdenes del mismo jefe, siempre
el hastío, siempre inmóvil.
Ella ama de casa, tampoco por
elección sino por resignación, desde niña soñaba con ser azafata, surcar los
aires, sentirse libre, volar y de eso, NADA.
¿Del hastío y de la nada qué puede
nacer? La primogénita de la familia fue Rebeca, hoy a sus 15 años es una joven
de cabello ensortijado y gesto severo. ¿Habrá sido alguna vez una dulce niña?
Se pregunta Antonella de vez en cuando, al recibir la contundencia de las
palabras de su hermana: ¡IDIOTA!, ¡BABOSA!, ¡IMBECIL!, como un cruel ritual que
se repite todos los días al llegar de la escuela.
No hay peor condena que compartir
habitación con este personaje dantesco que hace parte de su vida, nuevamente no
por elección sino por resignación, como todo en su familia. Esto hizo que desde
muy temprana edad Antonella aprendiera a ocultar sus sentimientos y también sus
más valiosos objetos, entre ellos su diario. Depositario de sus más grandes
anhelos y deseos. Escribir resultaba ser
una forma muy efectiva de hacer de los gritos ecos vacíos.
Su secreto mejor guardado, Juan
Pablo, el vecino que vive a 50 pasos, 20 suspiros e incalculables palpitaciones
de su casa y como si fuera poco estudia en su escuela.
Hace varios meses durante el recreo de manera sorpresiva,
por primera vez a sus 13 años de edad, un partido de futbol cautivó toda su
atención; Un chico mayor, de cabellera larga y delgadez atlética, antes de
cobrar el tiro que definiría el juego, desde
la cancha miró hacia la gradería donde estaban Antonella y sus dos mejores
amigas (junto a 30 niñas más), guiñó el ojo y señalándolas les dedicó su gol.
Desde ese momento en sus
ensoñaciones diurnas Antonella piensa de qué manera puede llamar la atención de
Juan Pablo. A su memoria llegan recuerdos de lo conocido, su hermana y su madre
sí que se hacen notar, incluso cuando lo que quiere es que desaparezcan.
Un día cualquiera se presentó la
oportunidad perfecta, Juan Pablo reía enérgicamente con sus amigos, Antonella murmuraba con sus amigas, una niña pequeña llamada
Mariana salió al patio del colegio con su sándwich en la mano.
María Fernanda Urriago
Perea.
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